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FIG. 1: SAN LORENZO DEL
ESCORIAL
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FIGURA 2: CASA RURAL IBICENCA
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Nos hemos referido anteriormente al concepto
de espacio como elemento que caracteriza y diferencia la
arquitectura de las demás artes plásticas. Este hecho es evidente desde
el momento en que convenimos en que la arquitectura, al margen de
consideraciones sobre sus valores estéticos o su significado, es ante
todo un lugar en el que los humanos desarrollamos parte de nuestra de
actividad. La función primera de un edificio, servir para aquello para
lo que ha sido creado, depende de la existencia de un espacio interior
que posibilite esa función. Para que el espacio pueda ser percibido,
para que pueda manifestarse, necesita unos límites físicos que lo
definan, que lo delimiten. Entraríamos en el campo de los elementos
formales, a cuyas características materiales y estilísticas, que deberán
ser consideradas en el análisis arquitectónico totalizador, ya nos hemos
referido.
El espacio interior conlleva dos hechos: por una parte
su lógica repercusión en el espacio exterior, al que afecta al crear un
volumen que lo ocupa, y, por otra, la posibilidad de un recorrido
dentro del edificio, recorrido que implica un vacío y una dimensión
temporal.
El volumen, aun siendo siempre una manifestación
externa de la existencia de un espacio interior, no siempre se ajusta a
su forma real, a su verdadera dimensión. Diríamos que un volumen es
sincero con relación al espacio que contiene cuando lo refleja
fielmente. Fernando Chueca Goitia encontró la en la teoría de la
sinceridad de volúmenes uno de los denominados invariantes castizos
de la arquitectura española, arquitectura que hereda las tradiciones
constructoras mediterráneas e islámicas caracterizadas por este mismo
fenómeno [FIGURA 1].
A lo largo de la historia de la arquitectura podemos
rastrear la presencia de volúmenes sinceros e insinceros. La
arquitectura popular es especialmente sensible en este aspecto:
recordemos la arquitectura rural ibicenca, formada por cuerpos
prismáticos o maclas, adosados o superpuestos, sincero reflejo de los
espacios cúbicos que contienen [FIGURA 2].
Son asimismo particularmente sinceras las arquitecturas románica y
renacentista, así como las arquitecturas del hierro, entre otras,
mientras que las barrocas, las modernistas, etc. serían claros modelos
de volúmenes arquitectónicos insinceros. A través de los espacios
interiores de un edificio pueden transmitirse mensajes de contenido
diverso: tal es el caso de las iglesias medievales en forma de cruz
latina, símbolo de la pasión de Cristo, o de la sucesión interminable de
salones en los palacios barrocos destinados a magnificar el poder de las
monarquías absolutas europeas.
El recorrido o experimentación directa del
espacio interior de un edificio es una vivencia insustituible. Nos
proporciona un perfecto conocimiento del espacio desde múltiples puntos
de vista, que vienen dados por el movimiento. El recorrido conlleva una
dimensión temporal, la del tiempo invertido en él. Ya vimos al comienzo
de estas páginas cómo ningún medio de reproducción —dibujo, fotografía,
cine, etc.— puede aportar la experiencia directa del espacio ni su
temporalidad.
Así pues, el espacio es el elemento que caracteriza
la arquitectura, a la vez que sintetiza todos aquellos factores
—materiales, formales y compositivos— que los definen y le dan entidad.
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