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II.- La Cúpula de la Roca en Jerusalén
 
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Figura 1
Cúpula de la Roca
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UNA HERENCIA CONSIDERABLE

 
     En una nueva civilización, basada en una religión naciente, la expresión artística y arquitectónica no se concibe sin una herencia cultural a partir de la cual se elaboran las formas de una estética original. El primer arte islámico rinde tributo al pensamiento y las obras grecorromanas.
     La mayoría de los grandes lugares antiguos de Baalbek, Djérash, Tyr o Alejandría subsisten gracias a que han sido transformados en iglesias cristianas. Pero además del patrimonio antiguo, la principal fuente de inspiración de las primeras décadas del Islam procede de la herencia del mundo bizantino. En efecto, por una parte la organización de las provincias y la administración del Estado a través del cual los califas omeyas ejercen su poder se basa directamente en los sistemas instaurados por los basileïs; y por otra parte, el arte de Constantinopla, continuación del de la Roma antigua, revitalizada por el Imperio cristiano, ejerce una fuerte influencia sobre los Árabes.
Una herencia considerable
    
Un verdadero frenesí de construcciones se había apoderado de los cristianos cuando sus persecuciones terminaron, con las obras que surgieron en Constantinopla y en el Imperio cristiano de Oriente, entre el reinado de Constantino y el de Heraclio, más o menos entre el 330 y el 630. Empezaremos por citar las iglesias constantinianas y teodosianas edificadas en Tierra Santa, como el Santo Sepulcro en Jerusalén, la Natividad en Belén, la basílica del Monte de los Olivos, la basílica de San Juan Bautista en Damasco; ya que a partir del siglo V, Oriente Próximo «se había cubierto con un blanco manto de iglesias», podríamos decir parafraseando a Raoul Glaber.
     En el Norte de Siria, la gigantesca basílica-martyrium de Qalat Siman (San Simeón el Estilita) y el santuario de peregrinación de Qalblozeh, así como los edificios de Anatolia —como la basílica de Djambazdé o el martyrium de Hierápolis— aportan un estilo nuevo, riguroso y sobrio, que renueva los órdenes antiguos. Pero es sobre todo en el siglo VI, con las obras constantinopolitanas, cuando la arquitectura bizantina alcanza un extraordinario apogeo. Bajo Justiniano (527-565) surgen unos monumentos soberbios, en particular la fantástica Santa Sofía que lleva a su perfección el arte de los abovedados y las cúpulas, según una evolución de la que son buen ejemplo tanto la iglesia de Bosra como la catedral de Edesa.
     La planta central de las construcciones que tienen la función de martyrium es ilustrada por construcciones redondas u octogonales. Igual que el edificio construido por Constantino sobre la gruta de Belén, el Anastasis de Jerusalén, el San Felipe de Hierápolis o, finalmente, el octógono de Qalat Siman. Estas fórmulas que proceden de los mausoleos romanos se perpetuarán en el arte islámico con la Cúpula de la Roca [FIG. 1] y en los edificios funerarios cuya utilización se extenderá a partir de la época abasí. La herencia bizantina es perceptible también en la moldura de las cornisas y la decoración. No se trata solamente de la columna de capitel corintio (como copia, o ejemplo sacado de otras construcciones), sino de los mosaicos con fondo de oro, que serán admirablemente utilizados en el arte omeya, tanto en Jerusalén como en Damasco. Finalmente, la arquitectura palatina, las termas y las pequeñas fortalezas edificadas a lo largo del limes por los Romanos y por los Bizantinos influyen en numerosas construcciones de los primeros siglos de la hégira. Esta continuidad no se explica solamente por la perpetuación de las formas y las técnicas, sino también por el hecho de que en un principio los musulmanes utilizaban como lugares de oración las iglesias cristianas —confiscadas a sus primeros propietarios— antes de edificar por sí mismos verdaderas mezquitas. De este modo se familiarizaron con el lenguaje arquitectónico cristiano, del mismo modo que las construcciones musulmanas de Mesopotamia asimilaron las obras de los Sasánidas.
   
 
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