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Introducción |
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| El Canto de la Aurora ha sido transmitido de padres a hijos de forma verbal, sin que se encuentre ningún documento escrito de letra y música. Su antigüedad, por testimonios,
es de al menos dos siglos. Esteban Rabal, el Tío Roíco (nacido el 21/11/1907), uno de los últimos componentes del antiguo grupo, nos dice: «De niño ya lo oía a mis padres y a la
gente que cantaba en la calle, eran solamente voces masculinas y se cantaba dos veces al año: el Domingo de la Rosa —primer domingo de Mayo— y el siete de Octubre —Virgen del Rosario—, aunque
se celebraba el primer domingo del mes». Esta tradición quedó interrumpida allá por los años cincuenta. Fue Mariano Alcolea Roba quien la recuperaría hacia el año 1968. Desde 1982 se canta cuatro veces al año: además de las dos citadas, el 15 de agosto —Nuestra Señora de la Asunción— y el 25 de marzo —Virgen de Alfindén—. Como indica su nombre, se canta siempre al amanecer y actualmente el grupo se compone de voces mixtas. La organización de las auroras en muchos pueblos de Aragón era complicada y ritual. Formaban cofradías en las que sus componentes debían ser poseedores de buenas costumbres, tener unas edades mínimas y ser sometidos a prueba y aprendizajes. En la Puebla y según sus últimos componentes no existían tales condiciones. Gonzalo Alcolea (n. 25-XI-1910) rememora la tradición: «Era costumbre, la tarde anterior y en el café, que el encargado de avisar nos dijera que al día siguiente había que ir a cantar. Los que íbamos lo hacíamos porque nos gustaba pero no pertenecíamos a ninguna cofradía; desde luego había alguno que era cofrade del Rosario, pero la mayoría no. Lo que sí estaban organizadas eran las paradas y la estrofa que correspondía a cada esquina. Nos reuníamos en la Plaza, que era donde comenzaba y terminaba el Canto de la Aurora». La Gran Enciclopedia Aragonesa recoge esta tradición: «Las Auroras son interpretadas fuera de los templos, de madrugada, generalmente por hombres que recorren las calles, antes del rosario de la aurora, despertando a los devotos e incitándoles a participar en el rezo; de ahí su nombre de despertadores, en algunos pueblos o de auroros. La costumbre se puso en vigor en el siglo XVII por los frailes dominicos y se trató de que arraigase en las clases populares». Aunque las auroras son poco importantes, musicalmente hablando, sí tiene en cambio gran interés la organización social que subyace en este tipo de manifestación popular y el hecho de que las coplas se transmitieran por tradición oral. De su ingenuidad y simplicidad se puede deducir las características de las devociones populares y su modo de expresión. Los temas son muy variados y las músicas diferentes. |
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