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Por FRANCISCO CARRASQUER, escritor. | ||||||||||||||
| Desde la transición
(1975-1978) se viene hablando mucho de rehabilitación de autores y
artistas arrumbados contra la pared del olvido por la anticultura
franquista, pero los más difíciles de rescatar -o de rescatar del todo-
son siempre los que vivieron y crearon sin Dios ni Amo, sin padrinos, sin
arrimo político ni formando parroquia o camarilla entre los que
constituyen el tribunal o jurado secreto que reparte premios y valores
artísticos, literarios o culturales. Éste es el caso de Ramón Acín,
agravado por tratarse de un natural de ese rincón de mundo que se llama
Huesca, desde donde resulta de lo más arduo irradiar afuera gloria o
popularidad. Auténtico personaje neorrenacentista, bien pocos supieron calibrar la polifacética creatividad de nuestro oscense, aplicada con resultados excelentes, cuando no brillantes, a tan variadas y confluyentes disciplinas como el dibujo, el grafismo, la pintura, la escultura, la literatura, la didáctica y la pedagogía, el coleccionismo arqueológico y etnográfico, etc. Pero toda esta multidisciplinariedad tan rica como varia, no vale nada si la ejerce un réprobo de la ley vigente, un clandestino mentor tan políticamente incorrecto que ni siquiera va a votar. Debo aclarar que al hablar de renacimiento (nuevo o neo), me refiero única y exclusivamente al curioso fenómeno de aquella eclosión culturalista que florece en el Movimiento Libertario Español (M.L.E.) hacia 1909 y culmina en el lustro republicano (1931-1936), el más creativo, socialmente hablando, de toda la historia de España. Semejante explosión de ansias de saber, de ganas de superarse y de tan sentida necesidad de renovar y crear en todo un amplio sector juvenil, es algo inédito, y no sólo en España, sino en el mundo conocido: algo como un empeño colectivo en tender un puente hacia el Renacimiento de Servet, Arias Montano, hermanos Valdés, Miguel de Molinos, Fray Luis de León, León Hebreo, Jorque Manrique, Ramón Llull, Huarte de San Juan, Baltasar Gracián, Juan Luis Vives y el inefable e incomparable San Juan de la Cruz, entre otros muchos y grandes. Lo que pasa es que, al generarse y prosperar este renacimiento popular entre pobres jovenzuelos, no podía dar genios y ni siquiera ingenios como el recién nombrado renacimiento de los siglos XIV-XVI. Porque lo peor fue que duró poco y no tuvo tiempo de florecer y menos fructificar. Que después del prodigioso quinquenio republicano vinieron 43 años de guerra civil, bueno, de guerra contra lo civil, o dicho más claro: contra el pueblo. Veinte años más de desarrollo tras la gestación del último renacimiento republicano y España habría podido emular a la Hélade del siglo de Pericles, como edificante hito en la historia de nuestras culturas. Sobre todo si se les hubiera dejado continuar su labor a los centenares de jóvenes maestros de escuela tan bien preparados como los que ejercían por entonces en España y que el triunfante franquismo se encargó de diezmar a fondo. La profesión con mayor número de víctimas del régimen anticulturalista de requetés, falangistas, nacionalcatólicos y opusdeísta fue, y de mucho, la de magisterio: ¡por algo sería! Pues bien, una de estas promesas de regeneración del pueblo español por la cultura fue Ramón Acín. Tracemos un esbozo biográfico con hincapié en la figura de nuestro héroe: como carácter, cosmovisión e influjo en la sociedad en que vivió y en su posteridad que ahora vivimos. Ramón Acín Aquilué nace en Huesca el 30 de agosto de 1888 (tres ochos tendidos=3 infinitos, a los que alude el título y retomaremos al final como colofón) y muere, ¡asesinado!, en la misma ciudad natal, el 6 de agosto de 1936, habiendo vivido, por lo tanto, 48 años menos 24 días. Pues sí, al buenazo de Acín no se le podía ocurrir que alguien lo quisiera tan mal como para denunciarlo al sanguinario enemigo, pero los amigos le persuadieron de que, de momento, se escondiese en su propia casa y más adelante huiría toda la familia Acín a sitio más seguro que Huesca, ahora completamente en manos de los adversarios sedientos de sangre. Así que, provisionalmente se buscó un escondite en el sótano. Pero estando ya emboscado fue cuando ocurrió la tragedia. Desde su escondrijo oyó que habían llamado a la puerta y bien pronto se dio cuenta de que habían entrado unos falangistas que empezaron a maltratar a su esposa y ante la negativa de ésta a decirles donde estaba su marido, le pegaban brutalmente, hasta que no pudo aguantar más y salió a entregarse, por miedo a que la mataran por su culpa, puesto que los falangistas iban por él. Luego resultó que no sólo fusilaron a Ramón, sino también a su Concha. |
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