Cartel de la colección "Guerra a la guerra"
(c 1922).

Cultura, Fraternidad y Libertad  
     También hay que reivindicar la memoria de Ramón Acín como artista, pero no creo que, como tal, alcance a sernos tan claro modelo como su imagen de hombre sereno, indómito y tolerante. Por ejemplo, es más digno de emulación el hecho de que haya siso el autor y único firmante del manifiesto Fuendetodos, marzo 1746 - Bordeaux, abril 1828, que cualquier pintura, dibujo o escultura salida de sus manos. En este manifiesto pega el grito aquél de: «¡No lo presentan como es, sino como quieren que sea!», emprendiéndola con la mistificación que se hacía de la obra de Goya al apropiársela la Academia y los estamentos oficiales. O en otro manifiesto redactado al crear la Sociedad Nueva Bohemia, con esta profesión de fe por proclama: «Tenemos por bandera el amor a la cultura, el culto de la fraternidad y de la libertad. Y así el fracaso nunca será con nosotros. Podemos ser pocos, mas entonces tocaríamos a más amor».
     Ramón Acín cree sobre todo en la educación, en la formación de la personalidad más que en el profesionalismo de «hacer carrera» y más que en la Información que puede ser mediatizada. Cree y se aplica a los métodos de la Escuela Nueva, cuya promoción impulsará con otros compañeros del joven magisterio oscense: Evaristo Viñuales, Francisco Ponzán..., con quienes se asoció para la difusión de la imprenta en la escuela, técnica del pedagogo francés Celestin Freinet, con la que los niños son capaces de investigar, estudiar y escribir e ilustrar juntos su propia revista, que intercambian con revistas de otras escuelas también confeccionadas por los alumnos. Con la imprenta en la escuela, no sólo aprenden los escolares a escribir, entre otras cosas, sino también a responsabilizarse de lo que hacen y, por trabajar en equipo, a contar con los demás, que es lo más importante que tienen que aprender y practicar los españoles.
     Como artista, Ramón Acín no estuvo falto de talento e ingenio, aunque no me atrevería a calificar su arte de genial. Fue seguramente mejor maestro de dibujo que dibujante magistral, sin que por eso pueda llamársele un negado para la creación artística; al contrario, era un creador de arriba abajo, empezando desde su propia vida hasta sus ideas, pasando por sus aficiones manuales, sus hobbies y su labor en las artes plásticas. Quizá en lo que más destacó, como artista plástico, fue en la escultura. Sus estilizaciones de chapa metálica recortadas y sus famosas Pajaritas del parque, municipal de Huesca, atestiguan de sus aciertos en el arte escultórico, un arte más que simple y sencillo humilde, como lo califica Antonio Saura. No me resisto al impulso de transcribir aquí unas líneas de este gran pintor, también oscense, a propósito de esas Pajaritas:
«En realidad, he conocido a Ramón Acín por amor a una escultura. Esta escultura se convirtió en fetiche infantil, símbolo del perdido jardín de las delicias; icono fijado para siempre en la fervorosa nostalgia, resumidor, incluso, del sensual vuelco de la mirada. Desde mi infancia, este monumento ha permanecido en la memoria como un símbolo de mi ciudad natal, como un espacio feliz y central cuyo recuerdo se impregnó más tarde, en el conocimiento de la historia, de un contenido trágico.»
[Antonio Saura, "Las pajaritas de Ramón Acín", pag. 63, en Ramón Acín 1888-1936, Manuel García Guatas (dir.), Huesca-Zaragoza, Diputaciones Provinciales, 1988]
     En el magnífico libro aquí en nota citado, tan espléndidamente ilustrado, se puede seguir a la perfección evolución del Acín artista en todas las facetas. Se ha dividido al efecto, el libro, en cuatro partes: dibujo, obra impresa (grafismo), pintura y escultura. Como decíamos, la obra artística de Ramón Acín no es la de un gran innovador (como un Rembrandt, un Goya, un Cézanne o un Picasso), sino la de un autodidacta que, además de haberse formado como artista a conciencia, tiene un innato buen gusto y una intuición certera del volumen en el espacio, que le han servido eminentemente para atinar la función espacialmente expresiva de sus escasas grandes esculturas. Como en sus dibujos y pinturas, la escultura de Ramón Acín ha pasado del realismo clásico de acusados contornos a la simplificación de línea escueta, dinámica y elegante, pasando por el art déco, el deformismo, el neocubismo y el expresionismo. Bien se sirvió Ramón Acín de sus viajes, gracias a los cuales pudo gozar y enriquecer su dedicación a las artes plásticas, primero con las inacabables enseñanzas de El Prado (cuando acabó exponiendo en la capital), o con la belleza imponderable de Granada (adonde fue becado por la Diputación Provincial de Huesca y de la que trajo su magistral cuadro Granada 1913), sin olvidar, en fin, las vanguardias artísticas de París y Barcelona, ciudades que visitó, bien huyendo de la persecución política en su tierra o como participante en congresos de organizaciones revolucionarias. Por cierto, que, para verle como personaje influyente en la prerrevolución española, hay que leer, en este mismo libro, las colaboraciones de la hija Sol Acín, poeta y como tal cultivadora de una poesía honda y casi quietista, de Félix Carrasquer, mi hermano mayor, también ya fallecido, que conoció a Ramón y se hicieron amigos por afinidad en ideas y en amor a la educación libre e innovadora del movimiento pedagógico de la Escuela Nueva, así como las colaboraciones del historiador Carlos Forcadell y muy en especial la contribución del profesor Manuel García Guatas, por su sabia crítica del arte de Acín y, en fin, de todos los demás que tratan a Ramón Acín bajo los diversos puntos de vista de hombre cívico y socialmente comprometido.

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