Ramón y Conchita en el entorno de Huesca

   

Junto al Casino Oscense

 

Articulista libertario  
     Y ya llegados a este campo, hemos de referirnos al Acín escritor, a su labor periodística en defensa de sus ideas libertarias, actividad que es de esperar haya sido la primera y principal en cuanto la más susceptible de ejercer alguna influencia en la opinión pública con miras a la revolución que se veía venir de 1936, pero que él no vio ni apuntar; tan sólo de oídas le llegó la buena nueva de aquella gesta que, prometiendo devenir el movimiento más radical y profundamente renovador de la historia entera de la humanidad, resultó ser epopeya tan efímera.
     Asiduo colaborador del Diario de Huesca, cofundador de la revista Talión, no sólo publicó mayormente en las publicaciones libertarias de Huesca y de Aragón, sino también se hizo leer en otras publicaciones no aragonesas siendo la principal de todas, por su asidua presencia y popular acogida, la "columna" que escribía para la SOLI (Solidaridad Obrera) de Barcelona bajo el tan recordado título "Florecicas", de las que aquí pongo una muestra:
«Ellos dirán que son fuertes porque ellos tienen un bastón con borlas y un báculo y una espada, mas podemos decirles que nosotros somos más fuertes, porque frente al bastón del gobernador y al báculo de un obispo y la espada de un general, hemos levantado una Escuela libre y nueva y laica, y contra ella se tornarán en cañas la espada del general, el báculo del obispo y el bastón borlado del gobernador.»
[Ramón Acín, "Florecicas", Solidaridad Obrera, Barcelona, 20 de abril de 1923]
     Cada "florecica" era un tema de su predilección que exponía con gracejo no necesariamente aragonés, sino generalmente envuelto en metáforas, antítesis, paráfrasis, parábolas y fábulas directamente encaminadas a dar una lección de justicia, verdad, libertad o belleza. En la transcrita hay un eco indudable del libertarismo más o menos fabiano de Tolstoi, porque se empezaba a interesar por la educación integral. Pero en muchas de ellas se rastrea una esencia de filosofía spinoziana, la misma que conduce a la beatitudo panteísta que a estas alturas ya podemos llamar laica. Y no es contradicción, porque en esta beatitud no interviene iglesia alguna ni ninguna fe o credo; es ser beato por la razón más vinculada a la libertad que existe, es la beatitud de la utópica acracia (o democracia integral, da lo mismo).
     Pero ya que en el precioso libro dedicado a Acín, antes repetidamente aquí celebrado, se han olvidado de Felipe Alaiz, de quien ya hemos citado su libro Vida y muerte de Ramón Acín; vamos a transcribir algunos fragmentos suyos, entre los muchos, y muy buenos, que le dedicó su amigo de infancia de la ribera del Cinca.
«La delicadeza de Acín quedará como
el rasgo más típico de su temperamento. Era una delicadeza contenida en el momento preciso para no almibararse.
  «Aquella delicadeza despierta de Acín estaba en su lápiz y en sus pinceles. Tenían sus pequeños cuadros una vida y una mañosa manera de quedar viviendo que no puede achacarse a méritos de escuela ni a imitación de modelos ni al conocimiento que tenía el artista del mejor impresionismo que privó -los veinte primeros años del siglo- desde el Sena al Danubio. En las aldeas he visto yo una delicadeza parecida al ir a merendar con unos cuantos labradores y las compañeras de éstos. En la conversación general, aun abordando temas picarescos, nunca se pasaba la frontera de la grosería.
«Sus escritos tienen una selección suscitadora y elegida, sus "florecicas" que todos recuerdan haber leído en la prensa obrera, son trozos de antología. Tenía Ramón el secreto de la frase única en el escrito corto y nervioso, donde el ingenio no se retuerce nunca para hacer cosquillas, sino que fluye naturalmente como un manantial.
«Lo popular tenía su preferencia.
Como para Goya, que decía: "¡Salud y campicos!". Como para Gracián, que masculinizaba la risa, igual que hace
el pueblo al decir "riso". Lo mismo que Costa se formó Acín estudiando las instituciones populares; el habla popular y la costumbre más que el contrato».
«El arte de Acín era personal. No tenía estilo comercial. Tal vez no tenía sus días, sino más bien sus horas. Hay pintores que trabajan para el cliente, para el modelo, para el crítico, para el marchante o para el corredor de cuadros. Acín trabajaba para recrearse (crearse otra vez) y tenía un "primer tiempo" en su producción que la hacía intocable...»

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