La creación artística: entre el compromiso político y la vanguardia  
     Este título podría sintetizar la esencia de la producción artística de Acín. Me refiero a ese amplísimo conjunto de dibujos, ilustraciones, carteles, pinturas, esculturas y grabados que llevó a cabo mientras impartía sus clases, ejercía como sindicalista y también como agitador cultural; poseía, es bien sabido, una capacidad de trabajo sorprendente y un talante afable y decidido que le granjearon grandes y sólidas amistades.
     El conjunto de su obra, sin embargo, provoca cierta desazón entre los historiadores del arte, no sólo por la diversidad de corrientes artísticas ensayadas en un breve periodo de tiempo, el que media entre 1926 y 1936, sino también por su decidida voluntad de supeditar su creación a ciertas premisas derivadas de su compromiso político; un compromiso que Acín asumió muy tempranamente, desde que en 1913 fundó La Ira con su amigo Ángel Samblancat, y que concluyó sólo en el momento en que fue fusilado. El propio Acín lo explicó cuando en 1931 expuso en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, diciendo:
     «Expongo unas chapas de metales baratos animadas por sencillos dobleces y expongo unos cartones de embalar ligeramente coloreados y encuadrados -como dijo un amigo- con varetas de baulero. Poca cosa todo, pero no es el material sino el espiritual, como diría Unamuno...
     De vuelta de la emigración en París, presento en el Ateneo -¿dónde mejor?- la obra que hice y en espera de la que haré no sé cómo ni cuándo, porque más que ser artista, en estos momentos altamente humanos, importa ser grano de arena que se sume al simoun que todo lo barrerá.
     No he venido a Madrid para exponer: no merecía la molestia y los cuartos que ello supone. Como delegado del Congreso de la Confederación Nacional del Trabajo, he venido representando a los Sindicatos del Alto Aragón. Con mi billete de delegado, junto al pijama y el cepillo de dientes, he facturado estas cosas de arte semiburgués...»
     La consecuencia de tales planteamientos, que a mi juicio fue madurando en pleno apogeo de su actividad creadora, fue su consabida predilección por el uso de materiales pobres (papeles reaprovechados, cartones, chapas de metales baratos...), formatos pequeños, una decidida voluntad de reivindicar el trabajo manual y de procurar el placer estético entre amplias capas sociales... Se trata de una serie de premisas que traen a nuestra memoria algunas propuestas formuladas en Europa tiempo atrás, y que tanto eco tuvieron entre las revistas políticas españolas del primer cuarto de siglo; sólo que Acín las actualizó, al compás de los nuevos tiempos y de las novedades estéticas que la vanguardia de los años veinte y treinta introdujo.
     Porque Acín, y este es otro de los factores a tener en cuenta para comprender su producción, era una persona cultivada. De sobra es conocido su amplio bagaje cultural, su interés por distintas manifestaciones artísticas -desde las renacentistas hasta las orientales-, su afición por las artes tradicionales y, naturalmente, su conocimiento sobre las vanguardias. No hay que olvidar que ya en 1913, merced a la beca que le concedió la Diputación de Huesca, realizó un amplio periplo por distintas ciudades españolas (Granada, Toledo, Barcelona y Madrid); que en 1915 y 1917 residió en la capital española y conoció a los artistas más avanzados de por aquel entonces: desde Ramón Gómez de la Serna hasta Buñuel; que en 1926 y por motivos bien diferentes se trasladó a París, ciudad en la que convivió con Ismael González de la Serna, uno de los mejores representantes de la escuela española afincada en París; que en 1931 volvió a la capital de las artes, cuando triunfaban gentes como Gargallo o González; y que sus viajes durante estos años a Barcelona y Madrid fueron continuos. En consecuencia, supo del modernismo, del llamado "arte nuevo", del "retorno al orden", del surrealismo y, naturalmente, de las novedades que, con gran acierto, habían ensayado Pablo Picasso y los restantes artistas citados.

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