Por JOSE DUEÑAS LORENTE, Universidad de Zaragoza  
     Decían los antiguos, con Platón y Aristóteles a la cabeza, que el hombre es un ser sustancialmente político, es decir, alguien configurado íntimamente en y por sus relaciones sociales, de manera que sólo puede alcanzar plenamente lo que la Naturaleza le otorga en su condición de ciudadano. Mucho más recientemente, Lev Vygotski, el muy celebrado psicólogo ruso del periodo revolucionario, incidía también aunque de otra forma en lo mismo. Sostenía Vygotski que el ser humano desarrolla y perfila sus capacidades psíquicas superiores en virtud de su relación con los semejantes.
     La peculiar forma de ser ciudadano que cultivó Acín habla de él tanto como su condición de artista multiforme. Ramón Acín no sólo sirvió con su vida y su inteligencia al arte sino que trató además de modelar el arte para enriquecer y mejorar la vida y, al igual que otros creadores, intelectuales y bohemios de la Belle Époque, podría decirse que pretendió, como Alejandro Sawa, Valle-Inclán u otros menos afortunados en el intento, hacer de su vida la primera obra de arte. Fue este un afán muy propio de los años finiseculares y lo cierto es que arrancaba de actitudes de corte aristocrático. El superhombre nietzscheano, el dandismo, la sacralización del arte eran distintas muestras del malestar que provocaba en algunos sectores el acabamiento de los restringidos sistemas decimonónicos de toma de decisiones políticas o de difusión de la literatura y las artes. Echaba a andar de modo inevitable un nuevo momento: el de la conversión masiva de jornaleros del campo en obreros industriales, el del sufragio universal masculino (instaurado en España en 1890), el de la prensa de gran difusión (destinada entre otras cosas a dirigir el voto de los recién llegados), el de la configuración de la llamada sociedad de masas que tanto daría que pensar y que recelar a los Ortega, Curtius, Canetti, etc.

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