Ramón Acín, primero a la izquierda, con el claustro de profesores de las Escuelas Normales de Magisterio.
Huesca, verano de 1932.

 

Por SEBASTIAN GERTRUDIX ROMERO DE AVILA, investigador y escritor  
Qué tendrá la palabra Maestro que nos gusta tanto. Ciertamente, cuando hablamos de alguien que nos ha dado clase, que nos ha enseñado alguna materia o actividad en la vida, sea en la escuela, en el instituto, en la universidad o en algún oficio, podemos referirnos a él o a ella con un gran respeto, incluso con cariño, a veces. Pero cuando esa persona ha influido en nuestra vida, no sólo técnica o profesionalmente, cuando ha dejado una profunda huella en nosotros por su forma de ser, por su comportamiento ejemplar, por la relación afectiva que ha establecido con nosotros, entonces utilizamos la palabra Maestro para definirla. Querer a los alumnos, desear con toda el alma que salgan airosos de los aprendizajes sin renunciar a ser ellos mismos, respetando su personalidad y ayudándoles a desarrollar toda su creatividad, eso es ser Maestro.
     Ramón Acín fue uno de esos Maestros excepcionales que tenemos la obligación de reivindicar y dar a conocer a las generaciones actuales y futuras. Para empezar, era un profesor «que no suspendía». Él garantizaba el aprobado a todos y prometía dedicarse en cuerpo y alma a los que deseaban de verdad aprender; y a éstos que querían aprender de verdad les exigía todo lo que era necesario para educarlos, para sacar lo mejor de sus talentos. Todos sus alumnos hablan de él como de un profesor exigente. Su hija Katia nos lo confirmó al referirse a ella misma como alumna («era muy estricto y perfeccionista como profesor») y Mª Nieves Ramón Gil, que fue luego profesora de Didáctica de las Manualizaciones y Labores en la Escuela de Magisterio de Lleida, también nos confirmó este aspecto(1).
     El hecho de no suspender, que pudiera parecer al lector un esnobismo, o una dejación de su responsabilidad como profesor, es, sin embargo, para nosotros, uno de los aspectos más fundamentales de su concepción acerca de la enseñanza. Él estaba en contra de los programas, de los exámenes, de la enseñanza reglada, que empobrece la mente y obliga al profesor a clasificar a los alumnos en función de unos criterios que nada tienen que ver con el verdadero talento. Por eso los liberaba desde el comienzo del curso de esta espada de Damocles y les invitaba a trabajar para aprender y no para aprobar, que es lo que suele suceder cuando todo depende de un examen y de una nota clasificatoria. Los exámenes y las notas deforman y corrompen la verdadera esencia del aprendizaje.
     Pero, claro, este planteamiento no es tan sencillo, porque, si el profesor renuncia a una de sus principales armas para conseguir que los alumnos vayan a clase, escuchen, hagan los deberes y se preparen las lecciones, ¿cómo va a funcionar la enseñanza? ¿Acaso es posible organizar la clase sobre la base de otros principios? Evidentemente que sí, pero hay que hacerlo despertando el interés de los alumnos, cultivando en ellos el gusto por el aprendizaje con la ayuda de técnicas adecuadas: Nada de láminas muertas, sin vida y sin relieve, nada de ejercicios mecánicos y aburridos.
     Ramón Acín era un amante del trabajo de campo, es decir, que acostumbraba a salir con sus alumnos al parque, a la naturaleza, para realizar bocetos y tomar apuntes directamente de la realidad; luego, en el estudio, se completaban los dibujos con la mirada atenta del profesor que desea un buen producto final, que pone su sabiduría y experiencia al servicio de los que desean aprender. Y lo hacía con mucha delicadeza, pero al mismo tiempo, con un gran rigor. Con trato afable, con actitud positiva y con un acentuado sentido del humor, conseguía siempre lo mejor. Era exigente, pero daba los mejores consejos y tenía toda la paciencia del mundo para con ellos y ellas. Para que se produzca el verdadero aprendizaje es necesario que exista una corriente afectiva entre el que enseña y el que aprende; ésta es una regla de oro de la pedagogía. Regla que fue practicada con generosidad entre Acín y sus alumnos. En palabras de su discípulo Evaristo Viñuales, dirigiéndose al Maestro: «Sólo se aprende de aquel a quien se quiere. Tú supiste hacerte querer por muchos; por eso fuiste todo un pedagogo»(2).
     Hay otro aspecto que también lo define como un gran Maestro, nos referimos al dominio de las técnicas. Hacer fácil lo que parece difícil, obtener el máximo rendimiento con los medios más sencillos, ésa es la grandeza del genio. Sus técnicas de enseñanza, como sus técnicas de trabajo eran directas, primarias, nada de complicados jeroglíficos ni de explicaciones farragosas: «Sin duda nos encontramos ante un erudito que merece un lugar entre los grandes Maestros de nuestro siglo, no precisamente por la magnificencia de sus creaciones, sino por el espíritu que les dio vida. Una de sus aportaciones es haber puesto el arte al alcance de todos. Con un característico estilo personal, adquirido de una forma voluntariamente autodidacta, consiguió la máxima expresión con los mínimos medios, primero con el sencillo pero seguro trazo de su dibujo, después con las esculturas en barro y enchapa, tan expresivas».(3)

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Notas:
  1. En sendas entrevistas, tanto Katia como Mª Nieves, nos aportaron sus testimonios sobre Ramón Acín como profesor y persona.
  2. Sonya Torres Planells, Ramón Acín. Una estética anarquista y de vanguardia, Barcelona, Virus Editorial, 1998, pág. 114.
  3. Op. cit. pág. 8
 

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