Katia Acín en el Museo Provincial de Huesca, ante la urna que contiene dos Pajaritas en chapa de hierro realizadas en 1929.

 

Por VICTOR PARDO LANCINA. Fotos: Pablo Otín.  
     «De tan humilde que era —dice el poeta ultraísta exiliado Pedro Garfias— nos humillaba a todos». Habla, naturalmente, de Ramón Acín, artista vital, pedagogo, anarquista, escritor que fustigó a los inicuos y arremetió contra la arrogante clericanalla; gran amigo de sus amigos que dejaba de par en par abierta la puerta de su casa que era ágora y museo... el humilde Ramón Acín asesinado por sus vecinos de Huesca —también Conchita, su compañera inseparable—, el hombre de manos limpias y gran corazón que siempre estuvo presente en su ciudad aunque nunca una calle llevó su nombre, ni una placa advierte la casa donde nació. El parque de Huesca, al que acudía con sus alumnos para pintar la primavera de abril o el aleteo de un pájaro, ha sido el reducto de su memoria a través de un monumento sencillo y revelador, infantil al tiempo que obra de extraordinaria madurez e inteligencia: Las Pajaritas, o Pajaricas, como él gustaba decir. Inexplicablemente no fue destruido durante el cerco de Huesca ni tampoco en la posguerra prolongada sin piedad durante tantos años. Los vencedores nunca consideraron el poderoso arraigo que este sencillo juego papiroflexico iba a establecer entre un nombre, Ramón Acín, y el hecho mismo de su asesinato en las tapias del cementerio. La callada presencia del arte a través de esta feliz evocación de la infancia, ha traspasado con tesón irreductible muchos inviernos en beneficio de la memoria y también de una necesaria reparación histórica que quiebre el silencio.
     Pero ha tenido que pasar tiempo, demasiado tiempo, para comenzar a recuperar en su verdadera dimensión al artista y su legado. «Ramón Acín todavía está renaciendo», me dice su hija Katia desparramando la mirada por las paredes de su casa en la Calle del Parque, donde la presencia del pintor, dibujante, escultor, coleccionista... se revela en plenitud creadora. Katia, en realidad llamada Ana María, Teresa de Jesús, Katia y Titania Acín Monrás —Titania era un nombre apreciado por Acín, por ser el de la reina en la obra de Shakespeare Un sueño de la noche de San Juan, más conocida por El sueño de una noche de verano—, Katia, decimos, a punto de cumplir ochenta años, evoca la figura de sus padres y de su desaparecida hermana Sol, con la que afrontó una traumática orfandad cuando todavía no había cumplido trece años y la pequeña de las dos hermanas apenas contaba con once. «Éste era uno de sus objetos preferidos», señala, y descuelga un fraile capuchino de desvaídos tonos tallado en madera y armado de guadaña, como los que acompañan el calendario perpetuo o indican con engañosa precisión el tiempo venidero. Así era el buen Ramón Acín, anticlerical, pero no desdeñoso con curas humildes y frailongos, amigo de chamarileros, perseguidor de mil objetos que coleccionaba aún a riesgo de desbaratar a menudo la economía familiar.
     Katia ha conocido el florecer social y político que trajo la República, el desgarro y la aspereza del franquismo, la cada vez más cuestionada transición, esta democracia hija de mil contradicciones... «Hemos pasado épocas terribles —reflexiona con serenidad y aplomo—, la sociedad, es cierto, ha mejorado, pero lo que mi padre pretendía, lo que en su idealismo buscaba, los planteamientos de aquellos jóvenes revolucionarios e idealistas no se han conseguido ni se pueden conseguir. A pesar de todo no soy pesimista, al contrario, me siento irremediablemente optimista. Tampoco busco el agravio, he procurado luchar contra los malos sentimientos, aunque tanto mi hermana como yo podíamos haber sido rencorosas, vengativas contra gente de Huesca que se portó muy mal con nosotras. Hemos convivido con toda esta gente sin resquemor... Con todo, hoy, la gran idea frustrada de todas las que animaron el ideario de mi padre es la educación. El arte, pro ejemplo, no está al alcance de todos, ni su conocimiento ni su disfrute. También vemos cómo se ahondan las desigualdades sociales contra las que mi padre lucho tanto, ricos y pobres, cultos e incultos, las diferencias parecían insalvables. Mi padre era tan generoso, tan idealista, tan desprendido que es muy difícil seguirle hoy, tartar de alcanzarle». Ramón Acín, cabe decir en este punto, nunca vendió su obra, la regalaba graciosamente a sus muchos amigos.

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