El Museo Provincial muestra una selección de la amplia obra de Ramón Acín.

 

«Los buenos vecinos de Huesca»  
     "Huesca era Granada", sentenció certeramente el historiador Carlos Forcadell estableciendo un paralelismo entre dos grandes personajes —y buenos amigos— abatidos por la saña fascista, Lorca y Acín. Ambos, intelectuales comprometidos, fueron sacados de sus improvisados refugios para morir ante un pelotón de fusilamiento. En los dos casos, además, la cobarde delación jugó un papel sustantivo.
     En la madrugada del 19 de julio de 1936 tenía lugar en el Gobierno Civil de Huesca una tensa reunión en la que participaron dirigentes políticos y sindicales, Acín entre ellos. La presión de los ciudadanos oscenses unida a la de gentes llegadas desde muchos puntos de la provincia, no logró vencer la resistencia del gobernador a entregar armas a la población civil que pretendía parar el golpe militar y defender la legalidad republicana. Ramón Acín, alineado con la tesis menos beligerante, se escondió en su casa. En la amplia casona de la calle las Cortes existía un hueco en un rincón en el que Conchita se arreglaba frente al espejo, allí colocaron una aparatosa consola que impedía apreciar el habitáculo y Acín permanecía oculto. Falangistas y policías fueron en varias ocasiones en busca del peligroso anarquista, pero no lograron hallarlo. Sin embargo, un vecino policía —Katia prefiere no repetir su nombre porque le hace daño el solo recuerdo— supo de algún modo que Ramón Acín se encontraba en la casa y el 4 de agosto el policía Gómez, conocido represor y enemigo de disolventes republicanos, se presentó en la vivienda dispuesto a todo. Apaleó a Conchita Monrás hasta que sus gritos de dolor sacaron a su maridó del escondite. Los dos fueron detenidos y bajados por la escalera a empujones y coléricas voces. Katia y Sol contemplaban horrorizadas la detención en el umbral del piso de abajo.
     Mientras Ramón y Conchita eran introducidos en el coche policial, un grupo de vecinos y curiosos aplaudían la acción represora. Un grupo en el que es posible que hubiera alguno de los que el 14 de abril de 1931, tras proclamarse la República fueron en manifestación a vitorear a Conchita y sus hijas, quienes hubieron de salir al balcón a saludar a la muchedumbre en ausencia de Ramón, todavía en el exilio parisino por su participación en los sucesos de diciembre del año anterior en Jaca. Se trataba, con seguridad, de «los terribles vecinos españoles» a los que se refirió Max Aub en La gallina ciega, «aquellos que denunciaron a troche y moche», los innominados aún hoy «buenos vecinos de Huesca».
     El 6 de agosto Ramón Acín caía fusilado en las tapias del cementerio de la ciudad a la que tanto había querido. Él solo frente a un pelotón en el que había conocidos falangistas voluntarios. El día 23 moría Conchita junto a casi un centenar de republicanos por el grave delito de ser la esposa, la compañera de Acín. «No pudimos ver a mi madre en la cárcel en todo este tiempo. Sabemos que estuvo en condiciones penosas y que lo pasó muy mal. Se despidió de nosotras a través de una reclusa que sólo muchos años después nos lo pudo trasmitir. Recuerdo que cuando llevaban a los detenidos camino del cementerio había gente aplaudiendo en los balcones de las casas más importantes del entorno de la cárcel, no se me olvidan sus caras... Era todo tan horroroso que con Sol apenas hablábamos de ello, había una especie de pudor, una necesidad de silencio para no aumentar nuestro dolor. Nos guardábamos la amargura sin decir una palabra. Daba la impresión de que éramos muy parecidas, pero en realidad no era así, éramos distintas: ella tenía más relación y confianza con alguna amiga que conmigo, no queríamos dañarnos». Katia y Sol quedaron al cuidado de su tío Santos Acín y a principios del año 37 se trasladaron a Jaca donde cursaron estudios reglados por primera vez en su vida: Ramón nunca las llevó a la escuela. «Mi madre me tomaba la lección de geografía mientras peinaba mis largas trenzas», refiere Katia, «mi padre, exigente y estricto con el dibujo me hacía repetir una y otra vez los bocetos de unas manos que nunca quedaban como a él le gustaba». A Sol la iniciaban sus padres en el dominio del violín. Tanto Ramón como, sobre todo, Conchita, tocaban el piano en aquella casa donde la cultura, el arte, el amor por la belleza en cualesquiera de sus manifestaciones constituía una gozosa militancia y un placer compartido a raudales.

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