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«Nunca pensó que ocurriría...» | |||||||||||||
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La vivienda de la calle las Cortes fue en buena
medida saqueada. Montones de papeles con dibujos, textos manuscritos de Acín
se quemaron en el mismo salón en el que habían reído, jugado y aprendido
Katia y Sol. Ardieron en una casa convertida ya en una evocación de la
tragedia, un desolado lugar por el que en tiempos felices y esperanzados
habían pasado personajes como el capitán Fermín Galán; Rafael Sánchez
Ventura, padrino de Sol y gran amigo de la familia; Luis Buñuel con su
proyecto cinematográfico sobre las Hurdes; el humorista gráfico Roma Bonet i
Sintes, conocido como «Bon»; Ramón Gómez de la Serna, quien dejó dedicados
dos libros de cuentos ilustrados, El gorro de Andrés y El
marquesito en el circo... Allí había ejercido su magisterio «nada
combativo —puntualiza Katia— aunque sí muy ideologizado» el querido y
respetado profesor de dibujo Ramón Acín. «Tenía muy buena relación con Luis Duch, de Jaca. Recuerdo cuando se refería a la sublevación y también cuando nombraban al general Lasheras a quien le habían pegado un tiro en el culo. Fermín Galán era muy cariñoso con nosotras, su hermano Paco también y su madre, que venía todos los años para el aniversario de los fusilamientos y se iba con mi madre a la Catedral donde encargaban misas... Con los Sender, que vivían muy cerca de casa también tuvimos mucha cercanía y amistad, en especial con Carmen y Asunción que nos dio clase, con Amparito, casada con mi tío Joaquín, y desde luego con Manuel, alcalde de Huesca... Con Pepe [Ramón José Sender] no se me olvida una agria y acaloradísima discusión política en Saqués, donde veraneábamos, aunque no se llegaron a enemistar... Mi padre era un gran conversador y conferenciante, un hombre muy bondadoso. En cierta ocasión Sol me trasmitió una revelación que le hizo en Madrid Rafael Sánchez Ventura, en torno a un atentado que habían planeado los anarquistas para acabar con la vida de Franco siendo director de la Academia en Zaragoza, y que se paralizó por la intervención de Ramón. Es posible que mi padre intuyera algo en relación con la guerra, pero en realidad nunca pensó que ocurriría... y mucho menos con la virulencia que adquirió la represión. En casa estaba escondido también desde el primer momento su amigo el zapatero Juan Arnalda, quien escapó el día anterior a la detención. Mi padre podría haber hecho lo mismo y sin embargo...». Katia Acín, que nunca ha militado en organización política alguna, se casó joven y por paradójico que pueda parecer, con un militar de carrera. «Mi marido, cuando la guerra, estaba preparando oposiciones a registros, era abogado. Se tuvo que alistar y fue alférez de complemento, luego teniente y al finalizar la guerra capitán. Tenía que vivir de algo, y si hubiera tenido la oportunidad de seguir con los registros hubiera abandonado el ejército. Nos conocimos en Huesca, nos enamoramos, aunque a mí no me gustaba que fuera militar y por esto le hice sufrir mucho. Tampoco a los militares les gustaba la idea de que se relacionara conmigo, ni a su familia que era muy de derechas, pero él era un hombre muy inteligente, extraordinario, comprensivo, culto... dio un giro total a lo largo de nuestra vida. Finalmente hizo oposiciones a secretario de ayuntamiento y abandonó la carrera militar. Los años que viví con él fueron los años que se mitigaron mis recuerdos. Murió en 1977.». Licenciada en Historia (Universidad de Zaragoza, 1944), no lo ha tenido fácil tampoco en su carrera profesional una «hija de rojos» que quiso ejercer como profesora de instituto. En sus avatares laborales en pleno franquismo hubo de enfrentar a menudo el estigma determinado por la procedencia ideológica familiar. Una vez jubilada, Katia se decidió a estudiar Bellas Artes, cumpliendo los dictados de una vocación en cierta medida oculta a lo largo de su vida. «Yo sé que tenía condiciones, cierta facilidad y mi padre, que me enseñó a dibujar, estaba muy satisfecho de mí y me veía con aptitudes. He heredado su gesto, no hay ningún mérito por mi parte...». Se ha especializado en pintura y también en grabados (Universidad de Barcelona, 1993), habiendo expuesto con éxito en relevantes galerías; cuenta con obra en la Biblioteca Nacional, en el Ayuntamiento de Zaragoza o en el Museo de Arte de Coburgo (Alemania). Katia confiesa que le gustaría exponer en Huesca, quizá de nuevo, como hace poco más de un año en la sala barbastrense de la UNED, en familia, mostrando su obra junto a la de su padre. «Soy humilde, sé que no puedo compararme con mi padre, son dos ámbitos diferentes. Lo que yo hago, en cualquier caso es también un homenaje a mi padre». En las salas de la UNED entre las pinturas de Ramón y los grabados de Katia se colgó una enorme fotografía del artista oscense, una imagen que buscaba con franqueza y bonhomía inequívocas los ojos del visitante que al punto quedaba seducido. Katia le habló a aquel rostro de «mirada profunda, intensa y comunicadora», señala en tono de honda y emocionada admiración, para decirle que le hubiera gustado tener «más fuerza» para haber sabido sacar adelante ella sola la obra de su padre: «ayudo todo lo que puedo a los que lo intentan, pero yo, por mí misma, me considero incapaz, es demasiado dura esta tarea». «Me comunicaba con mi padre a través de esa imagen, de ese enorme retrato y lo sentía muy próximo. Le decía que siempre he estado muy orgullosa de ellos, de los dos, que vi nuestra casa, esa casa grande y misteriosa, profanada, que tuve que aprender a callar pero que ningún acontecimiento influyó en mí para cambiarme. Le decía que no tuviera temor, que había sido coherente con lo que ellos me habían enseñado». El magisterio supremo de la dignidad. |
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