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LA NEUTRALIDAD ESPAÑOLA: PRAGMATISMO ESPAÑOL |
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Las
hostilidades sorprenden al Estado Español anclado en la política habitual;
endurecimiento en el terreno social y económico que alcanzaría su cota más
alta en la inmediata posguerra (1919-1921) y precaria defensa del
territorio y costas de la nación, tanto por el anacrónico sistema de
comunicaciones y caducidad del armamento como por la preocupante situación
interna de los institutos armados: hipertrofiados, desanimados y divididos
en peninsulares y africanistas. En consecuencia, España se mantuvo neutral, lo mismo que Suiza, Bélgica, Escandinavia y Luxemburgo, aunque ni su situación geoestratégica ni la movilización de la opinión pública facilitaron la observación de la decisión tomada. Al mes escaso de haber estallado el conflicto, el presidente del Gobierno español, Eduardo dato, escribía a Antonio Maura una serie de consideraciones sobre la visión que la clase en el poder tenía de la neutralidad: Abrigamos el propósito de no salirnos voluntariamente de la norma de conducta que trazamos al estallar la conflagración. De la neutralidad sólo nos apartaría una agresión de hecho o una conminación que se nos dirigiese en términos de ultimátum para prestar nuestro concurso activo a algunos beligerantes. Alemania y Austria parecen satisfechísimas de nuestra neutralidad, que sin duda tuvo algo de sorpresa para ambas naciones, que nos creyeron comprometidos con la Triple Entente. Inglaterra y Francia no nos han podido dirigir el menor reproche, ya que nuestros pactos con ambos países estaban circunscritos a la actuación de Marruecos ... ¿Durará esta situación? ¿Nos empujarán los aliados a tomar partido con ellos o contra ellos? No lo espero, aunque no deja de inquietarme la hipótesis. Y no lo temo, porque deben saber que carecemos de medios materiales y de preparación adecuada para auxilios de hombres y elementos de guerra y que aun en el caso de que el país se prestase a emprender aventuras, que no se prestaría, tendría escasa eficacia nuestra cooperación. ¿No serviremos a los unos y a los otros conservando nuestra neutralidad para tremolar un día la bandera blanca y reunir, si tanto alcanzásemos, una conferencia de la paz en nuestro país que pusiera término a la presente lucha? Las palabras de Dato no tienen desperdicio. Traslucen el instinto de recogimiento nacional impreso por el conservadurismo canovista, por el espíritu del orden moderado, en la vacilante y mal servida política internacional de la España contemporánea. El cálculo pragmático se alía a una cándida operación pacificadora de la que nuestro país extraería autoridad y beneficio sin verse obligado a soportar los riesgos y costes de un conflicto prolongado; subyace, sin embargo, y se hace explícito el sentimiento de impotencia ante una fuerte presión exterior que podría arrastrar a España a la guerra desencadenada en Europa. |
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