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ESPAÑA Y LA GRAN GUERRA

 
 

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TRABAJO POR LA VICTORIA

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ESPAÑA TRABAJO POR LA VICTORIA: INTENTOS DE DESESTABILIZACION

 
 

El presidente Poincaré y Alfonso XIII en Cartagena, octubre de 1913

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

   
 

Anverso y reverso de la medalla del «Comité de Germanor amb els Voluntaris Catalans»

     La ciclomanía es una enfermedad de la historia contemporánea, especialmente operante en el campo de las relaciones bilaterales. la ilusión de ver sólo dos centros de poder de decisiones enfrentados y manipulando agentes de todo tipo, nos lleva a una simplificación absurda. España y Francia, en vísperas de estallar la Primera Guerra Mundial, no escapan a esta regla general por más que en 1914 la situación fuese más compleja.
     Políticamente, las diferencias de régimen (Restauración monárquica en España, Tercera República francesa) provocaron incidentes y campañas de prensa a propósito, por ejemplo, de las leyes contra la Iglesia en Francia (1901-1906) o del asunto Ferrer en España. Republicanismo, anticlericalismo, socialismo y anarquismo como fuerzas dominantes o activas, desde un lado, y monarquismo, conservadurismo y clericalismo que pretenden marginar las fuerzas progresistas, desde otro, contribuyen a sostener una red de susceptibilidades mutuas fundadas en la ignorancia y el nacionalismo antes que en cualquier otro criterio.
     Diplomáticamente, sin embargo, los primeros años del siglo estuvieron marcados por un innegable acercamiento: acuerdos regionales sobre Marruecos (1904-1912) y el equilibrio mediterráneo (1907), con la participación inglesa y bajo la presión del peligro alemán, y las visitas del rey Alfonso XIII a Francia y de los presidentes Lobet (1905) y Poincaré (1913) a Madrid permitieron hablar de leal colaboración.
     ¿Había concluido el aislamiento diplomático español? Nunca pudo hablarse de alianza, porque los convenios firmados no tenían características generales; pero sí hubo una aproximación real, y Francia, con la bendición británica, incorporó a España al juego diplomático europeo.
     En el breve período de instalación de los dos países en Marruecos, antes de la Primera Guerra (1912-1914), sólo quedaba pendiente entre ellos el asunto de Tánger. España la reclamaba para sí por hallarse en su zona geográfica. El tema había sido introducido en el contencioso colonial hispanofrancés por decisión de la Conferencia internacional de Algeciras (1906).
     Culturalmente, hay que señalar una actividad importante de intercambios, de creación de organismos varios, sin olvidar los movimientos de turismo de lujo y las peregrinaciones religiosas.
     Sin embargo, el fondo de la sedimentación de los problemas bilaterales hispanofranceses era el aspecto económico, caracterizado por una situación comercial decadente desde 1892, aunque favorable a España y por un desequilibrio en inversiones y financiación favorable a Francia.
     Trazado esquemáticamente, el balance - que debe matizarse - aparece ambiguo por falta de equilibrio de medios de intervención en la vida internacional: un país convaleciente frente a una nación orgullosa, segura de su fuerza colonial, financiera y cultural, a pesar de los peligrosos competidores: Inglaterra, Alemania y Estados Unidos. Pero España era rica en materias primas y productos agrícolas y su industria vasco-catalana, establecida en gran parte con capital extranjero, interesaba a los países más potentes de alto consumo interno.
Intentos de desestabilización
     La fuerza desestabilizadora de la Primera Guerra Mundial, en la que España se mantuvo neutral, pudo haber influido fuertemente en las relaciones hispanofrancesas y en este sentido se orientaron los propósitos alemanes.
     La declaración española de neutralidad, publicada el 7 de agosto de 1914, no sorprendió a las cancillerías europeas. El embajador de Francia, León Geoffray, lo sabía desde hace tres días en que una entrevista con el monarca español, éste le confirmó lo que en octubre de 1913 había manifestado a M. Poincaré: España, en caso de conflicto generalizado, sería neutral y Francia podía desguarnecer las zonas-fronteras del sur.
      El 29 de agosto, el marqués de Lema, ministro de Estado, declaraba al diplomático galo que el Gobierno de Su Majestad daría satisfacción a Francia conservando la apariencia de neutralidad. Entonces, la ayuda hispana a Francia adoptó varias fórmulas.
     Desde el punto de vista diplomático y humanitario, la embajada española en Berlín se encargó de los intereses franceses en el Imperio alemán y, poco después, en la Bélgica ocupada. Por otra parte, ante la prolongación del conflicto entre 1915 y 1917 se sucedieron una serie de iniciativas personales de Alfonso XIII encaminadas a presidir el restablecimiento de la paz: noticias sobre los presos, visitas a los campos, evacuación de heridos y protección de buques-hospitales. Francia no fue el único país en beneficiarse de la generosidad regia.
     Desde una perspectiva militar, a pesar de algunos intentos de renovación, España era consciente de su debilidad, acentuada por el esfuerzo de pacificación, ineficaz hasta entonces en Marruecos. Los gobiernos de la Entente consideraban además la intervención hispana como poco interesante estratégicamente. No obstante, más de 15.000 españoles, principalmente catalanes y aragoneses, se alistaron en el ejército galo.
     Su valiosa participación fue simbólica en la gigantesca contienda, pero provocó muchos gestos de simpatía en la opinión pública francesa que los autonomistas catalanes y sus simpatizantes del otro lado de la frontera intentaron utilizar al final de la guerra, lo que determinó fricciones entre los dos países en los años 1918-1923.
 
     

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