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ESPAÑA Y LA GRAN GUERRA
 

 
 

LA NEUTRALIDAD

LA REFORMA MILITAR

TRABAJO POR LA VICTORIA

LA INTELECTUALIDAD DEL 14

TEXTOS

BIBLIOGRAFIA
 
 

LA INTELECTUALIDAD DEL 14 ANTE LA GUERRA
ORTEGA Y GASSET: LA REFLEXION FILOSOFICA

 
 

 

José Ortega y Gasset

     En una páginas de El Espectador, II, que datan de 1917, explaya su opinión sobre la guerra (sin entrar en la que se dirime en Europa): no es el ejercicio de poder de un estado sobre otros estados, sino la concreta voluntad de ejercerlo por medio de la violencia y la coacción. Y añade: la guerra es para la ética un caso particular del derecho a matar. Esto, sólo esto, constituye el problema de la guerra.
     Los problemas éticos de toda guerra, incluso con anterioridad a la de los Treinta Años (1618-1648), vuelven a plantearse por Ortega en la medida en que toda publicística y la opinión pública europeas debatían la responsabilidad de los beligerantes en la declaración de hostilidades, la violación de la neutralidad del Estado de Bélgica o la utilización de recursos mecánicos o bacteriológicos tanto en el frente de batalla como cerca de la población civil.
     La guerra es para Ortega un producto de la invención histórica y no un atavismo biogenético de la especie. Volverá a decirlo en La rebelión de las masas: la guerra no es un instinto, sino un invento... Los animales la desconocen y es de pura institución humana, como la ciencia o la administración.
     Pretendía Ortega no comulgar con un planteamiento que estimaba hipócrita: ¿Cómo es posible que las sociedades del continente más civilizado del mundo hayan sostenido una carnicería organizada durante cuatro años? ¿No será un capítulo de frenopatía generalizada que desaparecerá con el establecimiento de la paz y del que quedará un mal recuerdo, suficiente para que no vuelva a reproducirse?
     Ortega, responde con un no a este planteamiento. La guerra moderna industrial, como la iniciada en 1914, no ha sido efecto del azar, sino de las tensiones internas, de la falta de solidaridad ecuménica de los pueblos, en vista de de lo cual los gobiernos han recurrido a las armas potenciando una hostilidad anímica preexistente.
     He aquí, según Ortega, el sentido profundo del conflicto, síntoma de una malaise social extendida, sin práctica excepción, por el continente. Y a una dolencia de esta envergadura y grado de difusión no se la puede responder con apelaciones a la buena voluntad y recto uso de la razón, sino con un derecho internacional que invente las normas jurídicas donde pueda ser recogida la justicia indomesticada que ahora (1917) busca su afirmación en la guerra.
     Fustiga, por tanto, el credo pacifista, y no ya porque sea apologeta de la guerra, sino por parecerle una receta ineficaz en su aplicación contra el mal que se trata de erradicar.
     Su idea eje es la siguiente: la guerra ha de ser superada; no criminalizada, ni vilipendiada, ni escamoteada. El enorme esfuerzo que es la guerra sólo puede evitarse si se entiende por paz un esfuerzo todavía mayor, un sistema de esfuerzos complicadísimos y que, en parte, requieren la venturosa intervención del genio. Y afirma poco después: no es la voluntad de paz lo que importa últimamente en el pacifismo (tan en boga antes, durante y después de 1914-1918). Es preciso que este vocablo deje de significar una buena intención y represente un sistema de nuevos medios de trato entre los hombres. No se espere en este orden nada fértil mientras el pacifismo, de ser un gratuito y cómodo deseo, no pase a ser un difícil conjunto de nuevas técnicas.
Tibetanización de España
     Mientras fracasen la imaginación y la lucidez en la técnica jurídica, la crisis de convivencia en Europa abocará a la guerra. Ortega fue, desde el principio, harto escéptico con el reajuste acordado en el Tratado de Versalles y, en consecuencia, con la Sociedad de Naciones, gigantesco aparato jurídico creado para un derecho inexistente ... Su vacío de justicia se llenó fraudulentamente con la sempiterna diplomacia que al disfrazarse de derecho contribuyó a la universal desmoralización.
     Y es que el defensor de la razón vital e histórica no dejó de propugnar una adecuación de las leyes a la realidad y no ésta a aquéllas. Esto entendió que había sucedido en los años inmediatos a 1919 con la reordenación internacional de Versalles, caduca mucho antes de haber dado de sí todo lo que se esperaba de ella. La paz entre las naciones - hubiera dicho Ortega - estaba por construir, partiendo de otros cimientos y con otra silueta, distintos a los del período de entreguerras.
     Ortega no pareció tan entusiasta como otros compatriotas y coetáneos de vocación política y talante intelectual, respecto a las manifestaciones públicas, expresiones verbales o escritas provocadas por la guerra del 14 y casi siempre canalizadas, entre aquella élite, a favor de la Entente anglo-francesa. Ortega, por ejemplo - y ello vale lo que vale y no más -, no suscribió el manifiesto de la Unión Democrática Española para la Liga de la Sociedad de Naciones Libres y quizá no lo hizo para ser consecuente con su análisis de la guerra y del orden internacional plasmado en el Tratado de Versalles.
     Sin embargo, Ortega no pudo menos que estimar la neutralidad del Estado - y la no beligerancia del pueblo español - como un fenómeno sintomático de lo que había venido llamando proceso de tibetanización, de aislamiento solipsista - ya señalado por algunos noventayochistas - y que en política exterior encontró en el recogimiento su expresión histórica más acabada. España se encuentra invertebrada - escribió en 1920 -, no ya en su política, sino, lo que es más hondo y sustantivo que la política, en la convivencia social de la misma.
     Sin dejar de contemplar la precaria realidad del dispositivo nacional en el interior del país y a lo largo de sus indefensas costas, Ortega se planteó la bondad de la fórmula elegida por la clase dirigente, por la España oficial, ante el conflicto europeo. Desde un principio expone sus opiniones en la revista España y más tarde, en el cotidiano El Sol: la neutralidad de España es el resultado de numerosos círculos de opinión sumamente diversos entre sí. Actuando cada cual con su intención y sus motivos, han venido a producir esa consecuencia común, del modo en que, según Lucrecio, moviéndose los átomos al azar vinieron a formar esa cosa que llamamos mundo, tan fortuita como amena ... ¿Habrá quien crea que estos círculos partidarios en apariencia de la neutralidad es neutralidad lo que en verdad desean?
     Desde su óptica de regeneracionista, la neutralidad española es la evidencia del espíritu acomodaticio y logrero de la clase dominante que ya había sido blanco de su acerba crítica en la conferencia que pronunció el 23 de marzo de 1914 en el Teatro de la Comedia, titulada Vieja y Nueva Política. La neutralidad del estado podía ayudar a la vieja política y a sus hombres a capear por algún tiempo la borrasca inminente, pero no implicaba un perpetuo seguro de vida. Detrás de la agitación pública, polarizada en torno a los aliadófilos y germanófilos, Ortega atisbaba indicios de una inquietud mental saludable y superadora, tanto de la abulia como el patriotismo de campanario.
 
     

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