PRINCIPAL » HISTORIA » CONTEMPORANEA » ESPAÑA Y LA GRAN GUERRA

| BITÁCORA | ARTE |

 
 
 

ESPAÑA Y LA GRAN GUERRA
 

 
 

LA NEUTRALIDAD

LA REFORMA MILITAR

TRABAJO POR LA VICTORIA

LA INTELECTUALIDAD DEL 14

TEXTOS

BIBLIOGRAFIA
 
 

LA INTELECTUALIDAD DEL 14 ANTE LA GUERRA
AZAÑA: LAS CONSECUENCIAS POLITICAS

 
 

 

Manuel Azaña (óleo de López Mezquita)

     Si en Ortega predomina la reflexión filosófica y en Madariaga el análisis de la situación vivida, el discurso de Manuel Azaña sobre la guerra tiene tónica política y referencias explícitas a la neutralidad española. Y no porque Azaña sea un tribuno sin horizontes o un caletre provinciano. Su formación es amplia - jurídica, sociológica, literaria - y Europa le resulta familiar. Ya antes del comienzo de la contienda demuestra su exagerada francofilia en artículos y confrerencias de 1912-1913: Nuestra misión en Francia, Reims y Verdún, etc.
     Lo que principalmente extrae Azaña del conflicto europeo es sus repercusiones en España. En esto se diferencia de los restantes autores citados. Quizá posee menos experiencia directa que ellos en los asuntos del continente, pues Ortega estudió en Alemania y Madariaga renunció a su título de ingeniero por enseñar literatura en Oxford. Pero tal vez sea de los tres el de mayor vocación política y el que persigue de forma más tenaz la ambición de actuar en la vida pública del país.
     Se ha dicho que Azaña no concedió suficiente importancia a la proyección exterior de España ni en su época de gris funcionario y brillante ateneísta ni en su trayectoria de político de partido y como presidente de la Segunda República. Quizá haya algo de razón en el aserto, siempre que se matice convenientemente.
     Para empezar, recuérdese que se trata del más despiadado crítico de la imagen imperante en la Restauración sobre estereotipos como la patria, el ejército o el destino histórico y que uno de estos clichés es el recogimiento ganivetiano, que en política exterior se hizo valer entre 1876 y 1914, como una salutífera prueba de sensatez nacional: esta inclinación a la renuncia, entre desdeñosa y enojada, tomó su forma definitiva después de los desastres del 98 - escribe Azaña -. También entonces España se creyó abandonada por Francia e Inglaterra ante la omnipotencia agresiva de los Estados Unidos. En rigor, España cosechó entonces, además de los frutos de una alucinación, los de su aislamiento voluntario. Con un imperio colonial, España, además de carecer de escuadra, no había preparado el menor concierto diplomático que pudiera servir de relativa garantía a su integridad.
     Azaña sabe que entre el 98 y el estallido de la guerra del 14 la pervivencia aislacionista ha sido débilmente contrarrestada por el aliancismo propugnado desde las filas del partido liberal (Moret, León y Castillo); sabe que aquélla perdura y que acabará imponiéndose: consistiendo la neutralidad por definición en abstenerse, a la gente común le parecía que la neutralidad era la menor cantidad de política internacional que podía hacerse. Con todo, añadirá con lucidez: es indispensable que la neutralidad pueda ser voluntaria y defendida y que los beligerantes la respeten.
     He aquí el nudo de su reflexión sobre el particular, constante hasta los difíciles años de la guerra civil: la idea de que la neutralidad ni se postula ni se acuerda gratuitamente, sino que se mantiene y defiende con un ejército adecuado a los intereses reales del país y con una diplomacia activa, desplegada cerca de los centros decisorios de la sociedad internacional (bloques anglo-francés y germano-austriaco durante la guerra europea; Sociedad de Naciones a partir de 1919). Jamás abandonará su teoría, pero sí con frecuencia la praxis de política exterior del Estado español.
Seguridad de España
     En una conferencia celebrada en el Ateneo de Madrid el 25 de mayo de 1917 y titulada Los motivos de la germanofilia, dijo Azaña: lo primero que debe tenerse presente en esta cuestión es que la neutralidad de España no ha sido ni es una neutralidad libre, declarada por el Gobierno y aceptada por la opinión después de maduro examen de todas las conveniencias nacionales, sino neutralidad forzosa, impuesta por nuestra indefensión, por nuestra carencia absoluta de medios militares capaces de medirse con los ejércitos europeos. De manera que, aunque la independencia de España, la integridad del suelo, el provenir de la patria, hubiesen estado pendientes de nuestra intervención armada, nosotros hubiéramos tenido que renunciar a nuestra independencia, a nuestra integridad, a nuestro porvenir, por falta de elementos para ponerlo a salvo.
     Azaña aludía muy directamente al hipertrofiado y anacrónico ejército español de la época, a la discutible gestión del Tesoro, a la política de defensa nacional de los partidos históricos, a Palacio mismo, en la medida en que no habían logrado poner ni las bases militares, armamentísticas o diplomáticas que hubieran podido hacer de la neutralidad de España, entre 1914 y 1918, algo más que una inhibición bajo el pretexto de la impreparación y escasez de recursos.
     De otra parte, como Azaña fue siempre de la idea que los compromisos regionales de 1907 (Acuerdo de Cartagena entre Madrrid, París y Londres para garantizar la seguridad de las aguas y las costas del mar de Alborán) y de 1912 (firma del tratado de Fez, estableciendo el Protectorado hispano-francés en Marruecos) ataban a España al grupo de potencias (Entente), al que nos empujan razones geográficas, económicas, políticas y hasta culturales, Azaña pedía que la nación mostrara su simpatía moral con el bloque anglo-francés, ya que el estado de sus fuerzas era más una hipoteca que un activo para cualquier beligerante. Es, ni más ni menos, que el tema de la neutralidad activa, del compromiso moral de un Estado con las sociedades del sistema internacional hacia las que siente más afinidad o a las que le impelen factores de interés material o seguridad particular.
     Años después, en uno de los artículos de la serie La Guerra de España (1939-1940), se referirá a ésto con la perspectiva de los años transcurridos: Realmente, lo que hizo posible y, sobre todo, cómoda la posición neutral de España fue la entente franco-inglesa. Mientras la rivalidad entre Francia e Inglaterra subsistía, la posición neutral de España en caso de conflicto habría sido dificilísima, insostenible, porque ambas potencias cubren todas las fronteras terrestres y marítimas de España (Portugal, no lo olvidemos, ha sido aliado inveterado de Inglaterra) y dominan sus comunicaciones. Zanjadas con ventajas recíprocas las competencias franco-inglesas, la situación exterior de España estaba despejada para mucho tiempo mientras no surgiera en el Mediterráneo un rival, un competidor nuevo.
     Y así fue hasta que la política exterior de Mussolini en el norte de Africa y en el Mediterráneo, en general, introdujo en la relación de fuerzas anglo-francesas en el citado mar un factor de alteración que, a partir de 1935, trajo en jaque a París y Londres y no dejó de repercutir en la implantación de la democracia de la Segunda República.
     Azaña aparece, naturalmente, como un observador realista de las consecuencias de la guerra europea para la neutralidad de España. La noción de que ha concluido todo un período de grandeza colonial, de que el país necesita organizarse para progresar política y tecnológicamente, no le impide ver que ha de recurrir a la Sociedad de Naciones en el orden internacional que, oficialmente, inaugura la firma y ratificación del Tratado de Versalles.
     En su artículo La República española y la Sociedad de Naciones dirá: el sistema de seguridad colectiva y las obligaciones derivadas del pacto parecían llamados a resolver para España un problema capital: el de encontrarse garantizada contra una agresión no provocada, sin necesidad de montar una organización militar y naval que hubiese impuesto al país una carga insoportable. Era la solución deseable para una nación desarmada, débil económicamente, pero en vías de progreso y de reconstrucción interior.
     La cuestión, ahora, consiste en compulsar los esfuerzos, diplomáticos y de otro tipo, desplegados por España en el período de entreguerras para servir la causa del análisis de Azaña: ¿cómo disfrutar de un máximo de seguridad internacional con un mínimo de costes?. Otra cuestión pendiente de esclarecimiento e íntimamente ligada a la anterior es: ¿en qué medida los gobiernos de la Segunda República no pararon demasiado la atención - hasta el primer semestre de 1936 quizá - en la cambiante relación de fuerzas que se operaba en las relaciones internacionales de Europa, y en qué medida esta inadvertencia y descuido contribuyeron a que la República se encontrase, ala hora de la verdad, con menos amigos de los que esperaba y con más enemigos de los que calculaba?.
 
     

INDICE

PAGINA ANTERIOR | PAGINA SIGUIENTE

ARRIBA