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Por Carlos Dardé, comisario de la exposición | ||
| La exposición Liberalismo y Romanticismo en tiempos de Isabel II y el presente catálogo, ilustrado con las piezas de la misma, han sido realizados para conmemorar el centenario de la muerte de Isabel II, ocurrida en París el 9 de abril de 1904, mucho tiempo (casi treinta y seis años) después de que una revolución, la de 1868, la hubiera expulsado de España y puesto fin a su reinado. Nuestro propósito es mostrar, analizar y explicar, no la biografía de la reina —aunque son muchas las referencias que tanto en la exposición como en el catálogo se hacen a la misma—, sino los aspectos más destacados de la historia política, económica y cultural de España entre 1833 y 1868, treinta y cinco años en los que Isabel II ocupó el trono. El segundo tercio del siglo XIX —que casi coincide exactamente con el reinado de Isabel II en España— tuvo en Europa occidental un significado específico. En aquellos años culminó la primera fase de la nueva civilización industrial que, a fines del siglo XVIII, había comenzado a fraguar en Inglaterra sobre la base de los avances tecnológicos en la industria textil y siderúrgica. También entonces —a partir de 1830— se hicieron realidad muchas de las propuestas formuladas por la gran revolución iniciada en Francia en 1789: los derechos humanos fueron reconocidos y salvaguardados, los privilegios de algunos grupos sociales abolidos para dar paso a la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, las monarquías absolutas sustituidas por monarquías constitucionales, y las naciones proclamadas soberanas. Un impulso racionalizador se extendió por todas las esferas del Estado. Efecto conjunto de los cambios económicos y políticos fue el surgimiento de una nueva sociedad compuesta por clases, en lugar de por los antiguos estamentos, mucho más urbana que la anterior. El romanticismo, por último, que al decir de Isaiah Berlin fue una revolución cultural, paralela y de importancia semejante a la económica y a la política, se manifestó ampliamente tanto en las letras y las artes como en la mentalidad de los contemporáneos. Del contexto político europeo trata el primero de los espacios de la exposición, con obras relativas a la historia de Francia, el Reino Unido, Portugal, Italia y Alemania, además de a la del papado, que en aquella época perdió su poder temporal. En su artículo, Octavio Ruiz-Manjón se refiere al proceso de cambio, en toda su amplitud, experimentado por el viejo continente,— a las transformaciones económicas, cuyo símbolo —y el factor más importante de expansión— fue el ferrocarril, al aumento de la población y su nueva distribución espacial, con el crecimiento de las ciudades, en general, y el desarrollo de las grandes urbes como París, Londres o Berlín; a la nueva estructura social y el predominio de las clases medias; a la extensión de la educación y a los cambios en la mentalidad y la sensibilidad: del romanticismo, dominante hasta mediados de siglo, al realismo, que es claramente perceptible a partir de esta fecha, no sólo en las creaciones filosóficas, científicas y artísticas sino también en las actitudes políticas. Del mundo político, en concreto, se estudian las principales corrientes ideológicas de la época —el liberalismo en su evolución hacia la democracia, el nacionalismo y el socialismo—, los grandes movimientos globales —como las revoluciones de 1848— y la plasmación de todo ello en la historia de algunos países, sobre todo, en el Reino Unido —la Inglaterra victoriana—, en Francia —la monarquía de Luis Felipe y el II Imperio— y Portugal, cuya trayectoria en esa época es tan semejante a la española. Durante el reinado de Isabel II, España participó plenamente en aquel proceso modernizador que se estaba realizando en Europa. Las instituciones políticas, la vida económica y la sociedad se transformaron de acuerdo con las nuevas tendencias, que también se manifestaron en las distintas expresiones literarias, artísticas y culturales. De todo ello se dan abundantes testimonios en la exposición con obras de elevada calidad artística. Luis Comellas recrea en el catálogo el ambiente de una época que caracteriza como liberal, romántica e isabelina: «la única época toda y sola liberal, toda y sola romántica es justamente la época isabelina». Señala Comellas que hay mayor unanimidad en considerar el romanticismo como «una forma de entender la vida, y por tanto un estilo de comportamiento» que en concretar exactamente su contenido, pero se decanta por identificar el romanticismo con «la inquietud, [...], el desasosiego [...], la inflación de los sentimientos y la imaginación, y por consiguiente con un cierto predominio [...] de lo afectivo sobre lo estrictamente racional.». En España —«este suelo clásico de lo maravilloso y de lo extraño», como escribiera el general Narváez en uno de sus partes—, son muchos los ejemplos de la difusión de la actitud romántica entre todos los grupos sociales, y no sólo entre la burguesía, que abarca todas las esferas de la vida. Así, «los nervios [que] estaban a flor de piel de los españoles», «la fiebre industrial y mercantil», la pasión por los alicientes y bellezas del mundo o la extraordinaria afición por el teatro y la música. El «alma romántica [...] tiende a soñar y a confundir los sueños con la realidad», y muchas veces sucede que «el choque frontal del sueño maravilloso con la prosaica realidad» desemboca en la tragedia, tanto en la ficción —los desastrosos finales de las obras dramáticas— como en la vida misma: los fracasos de tantas aventuras políticas que acaban en el fusilamiento —los de Diego de León o Zurbano, por ejemplo—, de tantas empresas económicas que llevan a la ruina de sus protagonistas —el marqués de Salamanca es en este caso el paradigma— o de tantas existencias, como la de Larra, que terminaron en el suicidio. Los liberales españoles no escaparon lógicamente de aquella fiebre romántica que también condicionó toda la vida política: el Parlamento —con oradores cuyo último objetivo era conmover más que convencer a su audiencia—y la existencia de los gobiernos, debilitados por una pasión partidista exacerbada que abrió la puerta al intervencionismo militar. La reina, por último, de la que no puede decirse que fuera liberal en política —ya que nunca supo muy bien en qué consistía aquello— pero sí en el sentido de «abierta, generosa, espontánea y sin trabas» y, sobre todo, profundamente romántica —«lanzada sin freno ni inhibiciones a las aventuras del sentir y del querer»— y que por ello «constituye tal vez una exageración de lo que [fueron] los españoles de entonces». |
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