LA INSTITUCION LIBRE DE ENSEÑANZA

 

II.- LA ESCUELA DE LA INSTITUCION

INTRODUCCION

DEFENSA DE LA LIBERTAD

LA INSTITUCION SE AFIANZA

POLARIZAR INQUIETUDES

LA REPUBLICA

 

 

 

 

 

Conferencias dominicales para la educación de la mujer en el Paraninfo de la Universidad de Madrid. 1869

 

     A partir de 1881, y con la vuelta de Sagasta y los liberales al poder, comienza una segunda etapa, que podemos llamar de afirmación de la I.L.E. Los catedráticos sancionados son desagraviados y repuestos en sus cátedras. La I.L.E. se ratifica en su carácter de colegio, abandonando definitivamente sus primitivas ambiciones de convertirse en una Universidad Libre, y pierde con ello la mayoría de sus profesores. Con esto logra reclutar, sin embargo, un cuadro docente extraído, en gran parte, de los antiguos alumnos de las enseñanzas universitarias -Manuel Bartolomé, Cossío, Germán Flórez, Ricardo Rubio...-, que se dedican a pleno rendimiento a su labor y se profesionalizan más profundamente en la psicología del niño. Y al mismo tiempo consigue que un grupo de personas aparezcan en el Parlamento como defensores de las ideas pedagógicas de la I.L.E. -Azcárate, Salmerón, Pedregal, González Serrano, etcétera-, ampliando así su abanico de posibilidades e influencia.
     Es también el momento en que los profesores del grupo que no se dedican estrictamente a la política, casi todos ellos profesores universitarios, intentan llevar a sus ciudades de destino ideas y acciones renovadoras. En Oviedo, Adolfo Posada, Leopoldo Alas y Adolfo Alvarez Buylla comienzan a madurar las ideas que pocos años más tarde harán germinar la extensión universitaria. Dorado Montero y Miguel de Unamuno, en Salamanca; Piernas Hurtado y Pisa y Pajares, en Zaragoza, y también en Sevilla, donde ya estaba establecido hacía años Federico de Castro, discípulo fiel de Sanz del Río, quien, junto con Antonio Machado y Núñez y Manuel Sales y Ferré, creará el Museo Antropológico de la ciudad. Todos trabajan para hacer «fermentar» la enseñanza en España por medio de pequeños grupos que la potencien desde dentro.
     Los locales de la Institución se habían quedado pequeños. En 1882 se traslada a un caserón de la calle Infantas, en el número 42, y en 1887, ya definitivamente, al paseo del Obelisco. Giner vive allí también y las visitas menudean. Todo aquel que tiene alguna inquietud de tipo científico o pedagógico pasa a charlar un rato con don Francisco. Allí ejerce el santo sacramento de la palabra, que no es exactamente un consejo, ni exactamente una charla. Giner tiene el don socrático del magisterio: la habilidad de suscitar tanto preguntas como respuestas de manera espontánea, que iluminan a su interlocutor casi sin proponérselo, lo cual, unido a la enorme receptividad del maestro, supone un caudal inmenso de ideas y de iniciativas que circula por aquella casa.
     Fruto de una de ellas, sostenida y alentada por el mismo Giner, es el Boletín de la I.L.E. (B.I.L.E.), instrumento de expansión de las ideas institucionistas y apasionante testimonio del abanico de inquietudes intelectuales de la época. Las colaboraciones son muy variadas en cuanto a temas y autores. Podemos destacar en esta primera época las de Joaquín Costa, amigo de primera hora de Giner y durante un breve tiempo profesor de la Institucion, que más tarde reserva su firma, muy asidua, a los artículos enviados al Boletín. También colaboran el astrólogo Augusto Arcimis, amigo de Giner en su destierro en Cádiz; el geógrafo José Mcpherson; Antonio Machado y Alvarez sobre temas de folklore, etcétera. Todo es válido, siempre que esté tratado de manera científica y desapasionada.
     Un tema que aparece en el Boletín, aunque no en forma de polémica, tal y como se daba en los medios científicos de la época, es el del evolucionismo. Cuando la Iglesia Católica arreciaba en contra de esta doctrina «sacrílega», la I.L.E. nombra a Darwin su profesor honorario. En las páginas del Boletín aparecen en 1882 una nota necrológica laudatoria y un artículo de Azcárate, además de artículos de Salvador Calderón, Simarro, etcétera, en los que se le cita como autoridad y se utilizan sus teorías de El origen de las especies como hipótesis científica. Un motivo más para incurrir en la agresividad de los ultramontanos.
 
     

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